Urbanismo de género

La ciudad como espacio construido no es neutro en lo referido al género, sino que contiene y expresa las relaciones sociales entre hombres y mujeres que se construyen y transforman a lo largo del tiempo sobre los espacios, así como dentro de determinados espacios. (Alejandra Massolo)

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Foto: Belén Pomés.

ESPACIO PÚBLICO

El término espacio público tiene acepciones distintas, pero confluyentes. Como definición general, el Espacio público es el espacio de encuentro, el lugar por donde cualquier persona tiene derecho a andar, ámbito de “dominio” y uso público. Pero es esta definición la que establece limitaciones importantes y una clara exclusión, puesto que el derecho a circular por el espacio debe tener en consideración las necesidades e intereses de la población en su conjunto, mujeres y hombres. Ese derecho a circular debe atender no sólo a factores constructivos, como el diseño, la accesibilidad, la iluminación, etc. Si no también a cuestiones socioculturales como la construcción de género, la división sexual del trabajo, la desigualdad de las relaciones entre mujeres y hombres, etc. que condicionan la relación que unos y otras establecen con el entorno y que es fundamental tener en consideración.

Tradicionalmente el Espacio público ha sido el espacio de desarrollo de las actividades masculinas, las actividades visibles y de mayor reconocimiento social por contraposición al Espacio privado, que es el lugar en el que tradicionalmente se ha confinado a las mujeres y las actividades   a ellas asignadas como mantenimiento del hogar y labores de cuidado, actividades estas siempre menos valoradas socialmente. Se puede decir que la configuración del espacio público sigue este patrón, adaptándose en mayor medida a las necesidades de los hombres, en especial de los hombres autónomos, jóvenes y con plenas capacidades. Creemos que, como lugar de interacción social y comunitaria que es el   espacio público es importante redefinir lo y recuperarlo, y en especial hacerlo contando con las mujeres.

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Foto: Turismo de Pamplona.

ESTRUCTURA DE LA CIUDAD

La estructura urbana es la organización interna de una ciudad, la existente en el interior del espacio urbano, entre las distintas partes que la componen. Esta organización se produce tanto desde el punto de vista espacial como económico y social y refleja los valores, roles y relaciones sociales entre quienes la han construido.

Para entender la organización actual de las ciudades, tenemos que remontarnos a la revolución industrial, momento en el que la ciudad cambió sus dimensiones, geográficas y espaciales pero sobre todo momento en el que se produce una división funcional del espacio urbano. Esta división relegaba a las mujeres al ámbito reproductivo, espacio doméstico, y a los hombres al ámbito productivo, espacio público.
Esta división se ve reforzada en los principios de “zonificación “que según los máximas de la Carta de Atenas (1934) supone la segmentación funcional de las ciudad: a cada necesidad o función (residir, trabajar, abastecerse, recrearse, circular) corresponde una zona de la ciudad. Este modelo de planeamiento urbano queda obsoleto con la incorporación de la mujer al espacio productivo, pero manteniendo las tareas del espacio reproductivo. Los barrios residenciales apartados de las zonas comerciales y laborales obligan a las mujeres a realizar infinidad de desplazamientos para poder cumplir con todas sus “trabajos, o incluso a limitar sus áreas de búsqueda de empleo a zonas próximas a sus áreas residenciales.
Los nuevos tiempos obligan a repensar la planificación urbana actual ya crear nuevas formas de estructura urbana incorporando la visión de género. Evolucionar de la ciudad funcional a la ciudad compacta o densa. Una ciudad que se caracteriza por espacios heterogéneos en los que se mezclan diferentes servicios y usos y que fomenta la igualdad.

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Gráfico: Colectivo Urbanas. Elaborado por Ana Enguita.

MOVILIDAD

La movilidad cotidiana es fundamental en la calidad de vida urbana. Habitualmente, la experiencia de movilidad tiende a entenderse como homogénea, y es desde esa concepción desde la cual se planifica y proyecta, sin embargo, las experiencias urbanas se viven de manera diferenciada por hombres y mujeres. Y también en función de cuestiones como la edad, la cultura, las capacidades físicas, sensoriales, el origen socioeconómico.

La tendencia hacia modelos urbanos, cada vez más dispersos y fragmentados, excluyentes e insostenibles, tanto en la planificación del territorio como en el sistema de transporte y movilidad, genera nuevas necesidades y nuevas formas de desigualdad entre la población, puesto que exigen una mayor movilidad motorizada que permita conectar espacios distantes pero de uso cotidiano para la educación, ocio, consumo, empleo….
Sin embargo, no todas estos espacios o actividades tienen el mismo valor social y, por tanto, no disponen de los mismos recursos, de este modo, el enfoque de la planificación se centra más en las actividades “productivas” que se realizan en la ciudad y no tanto en las necesidades de las  personas que la habitan.
Diferentes estudios concluyen que la movilidad de las mujeres sigue estando directamente relacionada con su rol tradicional de cuidadora (atender y acompañar a las personas dependientes y a los/as niños/as, realizar la compra, …). Así pues, se identifica como las mujeres realizamos viajes más cortos, enlazando diferentes recorridos (cole, centro de salud, tienda…) y mayoritariamente a pie y/o en transporte público, mientras que los hombres, en un rol de “mantenedor de la familia” (como trabajador en un empleo) realiza desplazamientos más largos, en vehículo motorizado y de carácter más pendular (empleo-hogar).
Aunque, con el paso del tiempo las diferencias en la movilidad han ido acortándose las desigualdades todavía se mantienen, especialmente si al análisis le añadimos la dimensión económica, vemos como   el coche, por ejemplo,   suele ser utilizado por el varón mientras que la mujer se suele desplazar caminando o en transporte público. De hecho, el porcentaje de usuarias de transporte público es mayor que el de usuarios.
Pero al hablar de movilidad no podemos referirnos exclusivamente a cómo se realizan los desplazamientos, ni a qué actividades/tareas nos llevan estos desplazamientos, sino también a cuando nos desplazamos (o cuando no y porqué), estableciendo vínculos con otras cuestiones como la seguridad y las diferentes percepciones que sobre la misma tenemos mujeres y hombres.

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Foto Belén Pomés.

SEGURIDAD

Las mujeres y los hombres aprenden a relacionarse con las personas y con el entorno de manera diferenciada, y estas diferencias tienen un impacto decisivo en la percepción de la seguridad, así como en las fuentes de inseguridad objetiva y en la violencia que encuentran a lo largo de sus vidas.

Desde esta premisa, las políticas de seguridad deberían visibilizar las necesidades y demandas específicas de las mujeres, y actuar sobre las relaciones de género para paliar discriminaciones estructurales que puedan obstaculizar el acceso efectivo de las mujeres a la seguridad.

Uno de los elementos esenciales que deberían caracterizar a las políticas de seguridad con enfoque de género es reconocer la importancia del componente subjetivo, el sentimiento, la percepción de la seguridad e identificar las diferencias debidas al género, así como a la edad, la discapacidad, o la condición migratoria. La incorporación del enfoque de género requiere, así mismo, tomar como punto de partida la complejidad del fenómeno de la seguridad urbana, sus múltiples causas y manifestaciones. Lo cual exige una respuesta integral que convoca a una multiplicidad de actores institucionales y sociales.

La prevención de la inseguridad a través de intervenciones urbanísticas en el espacio público puede dirigirse a fomentar la utilización del espacio público como foro de relación, desde la convicción de que un espacio transitado y utilizado por la población es un espacio seguro. Incluso, reconociendo que toda interacción ciudadana trae consigo, a menudo, conflictos de intereses que habrá que resolver a medida que se presenten.

Resulta fundamental que las políticas de seguridad ciudadana tengan en cuenta las fuentes objetivas de inseguridad que afectan a las mujeres en la vida privada, comunitaria, y en el espacio público. Es importante superar el enfoque tradicional que compartimenta la vida de las personas y que contrapone la seguridad de domicilio   a los peligros del espacio público.

 

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